jueves, 20 de marzo de 2014

Mi pasión por leer

“Mis libros están siempre a mi disposición, nunca están ocupados”. Marco Tulio Cicerón

La gente me pregunta por qué amo leer y usualmente respondo ¡leer es mi vida, es mi gran pasión, los libros son maravillosos! Por supuesto que con semejante respuesta los dejo igual o más perdidos que cuando hicieron la pregunta. Es como si te preguntaran por qué amas los tacos y tú respondieras ¡porque son deliciosos, me encantan!



Por tal motivo, hoy decidí escribir la historia de cómo descubrí el amor por los libros y mi pasión por la lectura.  

Henry David Thoreau dijo: ¡Cuántas veces la lectura de un libro no ha sido la encrucijada que ha cambiado de curso la vida de una persona!


Soy la hija menor de una familia de 3 hijos (eso no tiene nada de extraordinario), lo extraordinario es que mi hermano mayor me lleva 21 años y el segundo 12. Es correcto, fui una sorpresa inesperada. Como mis padres ya estaban mayores, no tenían mucha paciencia para una niña en casa y por tal motivo crecí entre adultos y fui desde muy temprana edad un adulto en miniatura. Sin embargo, fue algo que forjó mi vida positivamente y hoy lo agradezco.
Las cenas en mi casa en vez de niños gritando y tirando comida por todas partes, tenían pláticas donde se hablaba de política, de la guerra fría, de Reagan, Thatcher, Fidel Castro y, por supuesto, de toda la crisis política que sufrió Guatemala en esa época.
Yo no tenía permitido participar en las conversaciones y aunque hubiera podido decir algo, no tenía nada positivo que agregar a la conversación. Así que todos esos años los utilicé para escuchar y aprender, no solo de política sino de cómo interactuaban todos a mi alrededor.


Sin embargo, estaba sola, muy sola. Habían momentos en que eso me hacía sentir muy triste porque no tenía nadie de mi edad con quien jugar y compartir. El ser humano es un animal de costumbres y a todo se acostumbra, yo aprendí a sacar lo mejor de esta circunstancia.
Solía jugar sola en el “cuartón”, así le decíamos a una especie bodega bastante grande que había en mi casa y donde yo jugaba “cocinita” con una estufa vieja que ya no funcionaba. En el “cuartón” había además muchos libros, estanterías con libros, cajas con libros, libros por todas partes. Mi papá amaba leer, él hubiese podido leer todo el día, de no ser porque tenía que trabajar; esos eran sus libros.


Un día cuando ya me había aburrido de jugar, decidí curiosear estas cajas; recuerdo haber visto todo tipo de libros, hasta que me topé con un libro viejo y gastado, con pasta amarilla, donde había un pirata con un perico en el hombro y un niño a su lado: “La Isla del Tesoro”, de Robert Louis Stevenson. Las hojas estaban tan amarillas como la pasta y tenían un olor muy peculiar que llamó aún más mi atención. Al pasar las hojas, vi que era un libro con muy pocas ilustraciones, pero cuando llegaba a ellas, me daba más curiosidad seguir ojeándolo. Así que sin pensarlo dos veces, tomé el libro a escondidas (me sentía como si estaba haciendo algo ilícito) y lo llevé a mi cuarto, donde comencé a leerlo.


He de decir que me costó mucho leerlo, yo tendría unos 10 u 11 años en ese entonces (y sí, en mi tiempo las niñas de esa edad, aún jugábamos y no pretendíamos ser adultos como son los niños de ahora, ¡que tristeza que se ha perdido la niñez!), recuerdo que tardé mucho en leerlo porque perdía la concentración y tenía que volver a leer cada página al menos un par de veces, pero la historia me intrigaba y quería leer más. En el colegio no nos inculcaban el hábito de la lectura y los libros que nos obligaban a leer eran uno más aburrido que el otro.


La historia de este niño y el pirata me encantó, mientras leía olvidé mi soledad, viajé a un mundo maravilloso, donde había piratas, tabernas, viajes en barco, islas lejanas y tesoros escondidos.  Se convirtió en el primer libro que terminé.
Al terminarlo lo regresé a la caja y busqué otro, como eran los libros de mi padre, no habían muchos para mi edad, así que comencé a leer uno que se llamaba “Volcanes y Terremotos” y desde entonces tengo una fascinación por los grandes terremotos y las erupciones volcánicas más memorables de la historia. No descansé hasta que logré conocer Pompeya y todo gracias a este libro.


Mi siguiente libro fue “Los Misterios del Antiguo Egipto” y en la biblioteca del colegio, comencé a buscar libros y descubrí las historias de Enid Blyton en sus series de libros “El Club de los Cinco” y “El Club de los Siete Secretos”. Estos eran libros más apropiados para mi edad, ansiaba ir de vacaciones con los Cinco y descubrir misterios con los Siete.


De esta forma los libros se convirtieron en mis mejores amigos, mis cómplices, vivimos innumerables aventuras juntos y nunca más me sentí sola.


Cuando cumplí 13 años mi hermano me regaló “Drácula, padre e hijo”, de Claude Klotz. Era la primera vez que alguien me regalaba un libro y me hizo infinitamente feliz. Desde entonces nada me hace más feliz que recibir un libro como regalo.


En la adolescencia, los libros me salvaron. Como toda adolescente me sentía incomprendida, pero llegó a mi vida “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach. Me sentí muy identificada con “Juan Salvador”, al punto de que mi vida cambió para bien, aprendí que “es bueno ser diferente”.


Hoy no puedo imaginar mi vida sin libros, mi casa está repleta de ellos.


De los libros he aprendido historia, política, economía, ciencia, psicología, sexo, etc. Ciertos libros me han enseñado a ser una mejor persona o ayudado a salir de crisis personales. Me he enamorado, he reído, he llorado, he vivido muchas vidas, visitado muchos países, viajado por el espacio y al centro de la tierra. También he descubierto mundos maravillosos, peleado con dragones y orcos. Conquisté Asia al lado de Alejandro Magno, viví el romance de Julio César con Cleopatra, aprendí sobre la estrategia Militar de Napoleón y los horrores de los campos de concentración en la segunda guerra mundial.

Descubrir la pasión por leer es una de las mejores cosas que me han sucedido. Mi vida es mejor porque los libros forman parte de ella y no puedo imaginarme sin un libro en la mano.

“Un lector vive mil vidas antes de morir. El hombre que nunca lee vive solo una vida” George RR Martin“Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma” Cicerón

Edición por Adelaida Loukota
Fotografía de André Schrei

jueves, 13 de marzo de 2014

Lecciones sobe la Caridad

“Mi punto de vista sobre la caridad es muy sencillo. No la considero una virtud principal y, sobre todo, no la considero un deber moral. No hay nada de malo en ayudar a otras personas, siempre y cuando se merezcan la ayuda y uno pueda permitirse el ayudarles. Veo la caridad como un asunto marginal. Estoy luchando contra la idea de que la caridad es un deber moral y una virtud cardinal” . Ayn Rand

En Diciembre pasado decidimos unirnos al evento que año con año organiza la Asociación, “Navidad para todos”. Ellos llevan a cabo una fiesta de Navidad para los niños que viven y trabajan en el Basurero Municipal.  


Se organizó una colecta y logramos recaudar piñatas, caramelos, chicles, libros, ropa, juguetes, shampoo, cepillos y pasta de dientes, etc. También se recolectó una donación de pan, pollo y refrescos para prepararles una merienda saludable.  



Llegó el día (domingo 22 de diciembre 2013), nos reunimos y salimos desde muy temprano emocionados de llevar a estos pequeños un poco de alegría en Navidad.  Como era natural, íbamos un poco aprensivos, un basurero no es un lugar atractivo para visitar.



Para nuestra sorpresa todo estaba muy organizado, habían personas indicando dónde estacionarse, dirigiendo la logística de sacar las donaciones de los carros e indicándonos donde se llevaría a cabo cada actividad. La comida, nos señalaron, debe de ir en esta área. Las piñatas, el show de payasos y demás actividades deben ir en esta otra área, etc. La coordinación de estas personas era impecable.  El olor era normal, nunca sentí olor a desechos o basura.




Anteriormente nos habíamos dividido en equipos (alimentos, ropa, juguetes, piñatas, animación, etc.), como era de esperarse, a mí me tocó libros. Las donaciones no pudieron ser divididas con anterioridad, ya que muchas llegaron a nuestras manos en el último momento.



Nos dimos a la tarea de coordinar todas las donaciones mientras los niños (al rededor de 1000) iban a ver el show de payasos y a quebrar las piñatas, que ya venían llenas para hacer más sencilla la actividad, y nosotros podríamos trabajar con más tranquilidad.



El proceso iba a ser el siguiente, luego de las piñatas los niños pasarían, acompañados de su madre, a recibir ropa, juguetes, libros y su merienda nutritiva.



Mientras trabajábamos seleccionando los libros, tuve tiempo de evaluar mi entorno. Lo primero que llamó mi atención fue la cantidad de cable coaxial que llegaba a estas pequeñas casas construidas con láminas de zinc. ¿Cómo es posible que esta gente no tenga una casa construida con bloques de concreto y sí tenga acceso a televisión por cable?

Los niños a mi alrededor que no estaban participando en las piñatas, visitaban las pequeñas tiendas de alimentos, que al menos en el área que yo estaba, las había en abundancia, para comprar galletas, papitas y gaseosas. ¿Tienen suficiente dinero para comprar en una tienda galletas y papitas?


Más adelante llegó mi amigo André, fotógrafo del evento, a decirme que había visto un Arcade con maquinas de juego y una sala de internet donde unas adolescentes se encontraban revisando el Facebook. ¿Puede ser esto posible? Esta gente tiene suficiente dinero para comprar comida chatarra en la tienda, cable de TV en la casa, Arcade de juegos y acceso a internet. Algo no andaba bien, es un basurero, todas las casa son de láminas de zinc, y esta gente tiene todos estos servicios. ¿Porqué no construir drenajes, casas de block y llevar agua potable a todas las viviendas?



En Guatemala el 50% de los niños padece de desnutrición, de este 50% el 49% padece desnutrición crónica y un 1% aguda. Sin embargo, los padres de estos niños malgastan el dinero que ganan en comida chatarra en vez de alimentar a sus hijos con una comida nutritiva que, sin lugar a dudas, les saldría mucho más barata.



Llegó la hora de entregar los regalos, los niños comenzaron a pasar con sus madres uno a uno en perfecto orden. De los 1000 niños que desfilaron por ahí recogiendo sus regalos, no llegué a contar 10 que dieran las gracias.



Yo no fuí a dejar los juguetes para que me lo agradecieran, pero la gratitud es algo básico, te lo dice la religión, te lo dicen los grupos new age, ¡te lo dice el sentido común! Cuando agradecemos lo que tenemos, recibimos innumerables bendiciones. Al menos en mi caso así ha sido. En mi vida muchas personas me han tendido la mano, sin tener la obligación de hacerlo, y toda mi vida les estaré agradecida.



Ninguno de los que estábamos ahí teníamos ningún tipo de obligación de llevarles una Navidad a estos niños, sin embargo, la actitud de estas madres y estos chicos me tenía más que sorprendida. Tomaban las cosas como si fuese nuestra obligación hacerlo. ¿Es la caridad una obligación? No, la caridad es opción, una decisión.



Un periodista que llegó a cubrir el evento nos hizo la siguiente observación: “veo más felices a los que están dando que a los que están recibiendo”.

Gracias a esta observación, descubrí la verdadera razón por la que yo estaba ahí, porque me hacía feliz a mí. Un acto totalmente egoísta fue mi motor. La actitud de estas personas no es mi problema, sino el de ellos. Pude comprobar que tienen los medios para mejorar su entorno, pero han decidido lo contrario, es su decisión. No importa la ayuda que les llegue, ellos están conformes con lo que tienen. El que esté inconforme, no me cabe la menor duda, saldrá de ahí y mejorará su calidad de vida y la de su familia.


La próxima Navidad espero visitar un lugar donde haya verdadera necesidad. Me han hablado de un orfanato de niños que han sido víctimas de abuso y maltrato, que es un lugar maravilloso donde los niños más que bienes materiales, necesitan una sonrisa y un abrazo.

“Ya no discutas acerca de si puede existir en el mundo un ser humano bueno y recto: urge que tú lo seas”. Marco Aurelio

Edición por Adelaida Loukota

Fotografía de André Schrei 



Segunda oportunidad

Llegué temprano a la cena, algo poco usual para mí, prefiero llegar tarde y así tener una excusa para socializar con menos personas y q...