jueves, 18 de febrero de 2016

La fobia

Era una fría mañana de invierno, en esos lugares donde no cae la nieve, pero el frío es intenso, y cala los huesos.
La madre se levantó como todos los días, a preparar el desayuno, y el almuerzo que su hijo debía llevar a la escuela.
Eran las 6 de la mañana, era una mañana oscura sin un solo rayo de sol que alumbrara. El viento soplaba con intensidad. La madre se ajustó el suéter, había mucho frío. Ella deseaba con todas sus fuerzas tomarse un café, pero eso debía esperar. La comida del chico era la prioridad.
Encendió la luz de la cocina y se enfocó en su tarea.
Todo iba bien, la rutina era la de siempre. De repente la madre notó que los gatos estaban muy ansiosos observando por la puerta de vidrio que daba al patio trasero.
Ahí pudo ver al perro que jugaba con una mariposa nocturna, negra como la noche y del tamaño de un pájaro pequeño. —¡Qué desagradable!— pensó la madre. La piel se le erizó y una sensación eléctrica le recorrió la espalda. Las mariposas nocturnas eran el único animal que le desagradaba, al punto de ser una fobia. Durante unas vacaciones de verano en la playa, había sacado de casa a una pequeña culebra que había entrado a la casa que alquilaban. Luego de sacarla, la había matado sin ningún problema. Pero las mariposas nocturnas la paralizaban. Las de color poseían una extraña fascinación, le atraían. Mas no estás. Estas eran negras, dejaban a su paso un polvo negro desagradable y su cuerpo era el de un gusano con alas.
Como hipnotizada siguió observado la escena, mientras la sartén se calentaba para preparar el huevo frito del desayuno.
La vista la horrorizaba, pero al igual que los gatos, no podía dejar de observar. El insecto parecía muerto, todo iba bien. El cachorro iba ganando, de repente el animal voló y se posó sobre la cara del perro. El perro se asustó y soltó un chillido, en ese momento se orinó, se movió unos pasos hacia atrás y defecó del miedo.
Era tan ridículo todo, que entre el miedo, no pudo evitar soltar una carcajada, los gatos a su lado comenzaron a hacer ruidos extraños y ansiaban salir. Ella sabía que ellos eran la solución para matar a la mariposa; ellos no la dejarían con vida. Sin embargo, se corría el riesgo de que la subieran a su habitación y se la presentarán como un regalo. Se le erizaron los vellos solo de pensar el pánico que le produciría encontrar a un insecto tan desagradable en su cama. Decidió dejar las cosas así. Ya bajaría su hijo a darle de comer al perro, y le pediría que matara a la mariposa y se deshiciera de ella.
La sartén ya estaba caliente, seguía nerviosa y no podía evitarlo. No hay nada más terrible que enfrentarse con una fobia. Lo peor es que nadie más lo comprende. Cada fobia es tan distinta e irracional, que no tiene explicación para el resto de las personas. Cascó el huevo, lo hizo con demasiada fuerza y la yema se quebró. —¡Qué desastre!— exclamó la madre, —¡Ni los huevos saldrán bien esta mañana— dijo en voz alta. Cascó el segundo y este cayó bien en la sartén.
Prosiguió por servir el café del chico en la mesa, el zumo de naranja y el pan tostado, que por estar distraída con lo que sucedía afuera, ya se había pasado de tostado.
En ese momento llegó el chico, sacó la taza medidora y le sirvió la ración de comida al perro.
El perro era su obligación, y él era muy responsable.
La madre le dio una bolsa plástica de esas que dan en el supermercado, unas toallas de papel, y le dijo, —¿ves esa mariposa?, cerciórate que esté muerta y la metes en la bolsa—, el chico asintió, para él eso no representaba ningún problema.
La madre decidió sacar a los gatos de la cocina y cerró la puerta, algo le decía que la cosas podían salir mal y no quería tenerlos cerca, solo empeorarían todo.
El chico le sirvió la comida al perro en el plato, tiro las toallas de papel sobre la mariposa moribunda y la pisó. El viento soplaba con intensidad, se comenzaban a formar pequeños remolinos. El cuerpo sin vida de la mariposa salió volando y se posó sobre el orín del perro.
Eso fue demasiado para el chico, la madre observaba con horror, sabía que a partir de este momento, nada saldría bien.
El chico se puso furioso, con esos cambios de humor tan frecuentes en los adolescentes. En un momento era el hijo condescendiente, dispuesto a prestarle apoyo a la madre, al siguiente, se puso furioso. Comenzó a lamentarse de lo injusta que era su vida. A gritos le dijo a la madre que le pasara otra bolsa y más papel. La madre le pasó lo que él solicitaba, sólo quería acabar con eso y seguir con el día normal.
Recordó el huevo y corrió a la estufa para apagar el fuego. El huevo tenía muy mala pinta, una yema medio quebrada, la otra entera pero la clara estaba demasiado frita.
Mientras tanto el chico comenzó a sentir más asco y la nueva bolsa plástica voló sobre las heces del perro. Eso ya no tenía compostura, el chico gritaba como desenfrenado. La madre se imaginaba lo que los vecinos podrían estar pensando. Tan solo un pequeño muro dividía los dos patios traseros.
La madre sacó otra bolsa y más papel, el chico ya no pensaba ni actuaba racionalmente. El viento se acrecentaba y las bolsas comenzaron a volar en forma de remolino, una se estrelló contra el rostro del chico, este gritaba. La madre estaba paralizada, para ella no era un problema salir, recoger las bolsas y limpiar el excremento, el problema era la maldita mariposa. El miedo era más fuerte que ella. Sabía que el insecto estaba muerto, pero imaginar que saldría volando por el viento y que le podía caer encima la paralizaba. Tampoco le agradaba la idea de tener que meterla en la bolsa.
La madre siguió pasándole al chico bolsas y toallas de papel. El patio era un caos, el perro corría feliz y trataba de alcanzar las bolsas como si fuese un juego. El chico cada vez perdía más la paciencia, y comenzó a decir palabras soeces. La madre observaba la escena, y no podía dejar de reír ante lo ridículo de la situación. Pero el miedo la paralizaba y no podía actuar.
De repente escuchó en la calle al hombre que recoge la basura, salió corriendo a buscarlo y le pidió ayuda. El hombre desconcertado accedió, y pronto tenía todo bajo control. Todas las bolsas, pedazos de papel y la mariposa negra se encontraban dentro de una bolsa de basura.
La madre le ofreció una taza de café en agradecimiento, pero el hombre no aceptó, y salió corriendo de esa casa de locos. —¡Qué ridículo debe de ser todo esto para un extraño!— pensó la madre.
El chico entro gritando y diciendo que debería de cambiarse y bañarse nuevamente antes de ir a la escuela. La madre lo envió a lavarse las manos y el rostro. Le explicó que no había tiempo si quería llegar a tiempo a la escuela. Le sirvió el desayuno.
Los huevos daban asco, por los nervios cuando volteo el huevo sobre el plato, este cayó de cabeza y la única yema que quedaba entera se rompió, y la misma se esparció por el plato.
El chico se sentó a la mesa y observó el desayuno que habitualmente parecía sacado de una revista de gastronomía, y hoy parecía sacado de un cuento de terror. Perdió el apetito. Se bebió el zumo de naranja y se levantó de la mesa. La madre no podía reñirlo por no comer, ella tampoco se lo hubiese comido.
La madre le preparó un emparedado para el almuerzo.
Él tomó sus cosas y salió de la casa, la madre lo llamó, había olvidado el suéter. A él no le importó, el chico prefería el frío, a tener que regresar a casa.
Y de esta forma el chico se marchó. Frustrado y molesto por lo ocurrido. Sintiéndose sucio y a la vez humillado de no haber sido capaz de manejar la situación. Pero todo era culpa de su madre.
La madre se preparó una taza de café y se quedó pensativa analizando la situación. Su hijo era un chico de ciudad, todo le daba asco. —¿Qué clase de hombre estoy criando?— se preguntó. Definitivamente no es el estereotipo del «hombre» que podrá brindar ayuda a una mujer, a un anciano o a un niño, en una situación similar. ¿Qué hacer?
Su hijo, un chico de ciudad, acostumbrado a los aparatos electrónicos y la buena vida. Con una inteligencia muy alta, pero que sólo  funcionaría en un mundo intelectual.
Ella se juzgaba a sí misma, y se sentía completamente inútil. Había caído presa del pánico por una estúpida fobia. Ella sabía lo ridículo que era. Pero no podía controlarlo, una fobia es una fobia.

Al final el café estaba helado, no había bebido ni un solo trago, pero no podía apartarse de sus pensamientos.

Segunda oportunidad

Llegué temprano a la cena, algo poco usual para mí, prefiero llegar tarde y así tener una excusa para socializar con menos personas y q...